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Evangelio de hoy

​Las religiones paganas tienen una forma típica de aproximar al hombre a Dios y el Evangelio de hoy. Lo hacen reduciendo a Dios a un nivel casi humano y, por otro lado, exaltan al hombre a una condición divina. La mitología, antigua o moderna, invariablemente rebaja a Dios a menos de lo que es y eleva al hombre a más de lo que es.

Para griegos y romanos, Zeus era el rey de los dioses. Era similar a un hombre grande y poderoso, sin ser infinito ni omnisciente. Zeus podía ser engañado. Estos dioses desplegaban todas las flaquezas de la naturaleza humana: celos, codicia y riñas entre ellos.

En la típica mitología pagana, algunos dioses previamente fueron humanos que lograron su deificación gracias al favor de un dios o luego de haber bebido la ambrosía, el elixir divino. Algunos humanos fueron inmortalizados al ser transformados en constelaciones estelares, luego de su muerte.

El apóstol Pablo se refiere a este proceso de reducción-exaltación en Romanos 1:22-23:

Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.

En la revelación cristiana, al contrario de la pagana, Dios y el hombre se acercan en una relación que los deja intactos a ambos. En la doctrina cristiana, el punto de encuentro entre Dios y el hombre es una justicia mutua, la de Cristo, acreditada al creyente por medio de la fe en Jesús (Romanos 3 y 4). No se da ningún cambio en la calidad existencial ni en la esencia de Dios o del hombre.

En el evangelio, Dios es siempre el ser soberano, infinito y todopoderoso, como lo describen las Escrituras. Y el hombre permanece como el ser creado y dependiente.

En el capítulo anterior, vimos cómo los maestros de la Palabra de fe carecen de un concepto claro acerca de la soberanía de Dios. Esto por sí solo no es letal. Después de todo, la soberanía de Dios y la voluntad del hombre  son temas que han intrigado a los teólogos a través de los siglos. Sin embargo, el error va mucho más allá, como se revela en lo que sigue.

Kenneth Copeland describe a Dios como:

Un ser que mide alrededor de un metro noventa o uno noventa y cinco, y pesa unos cien kilogramos o algo más, con un palmo de unos veintitrés centímetros.[i]

No es de admirarse que Copeland y sus seguidores tengan dificultad con la soberanía de Dios. Su "dios" es demasiado pequeño para ser soberano.

Copeland supera a los antiguos griegos, al igualar al hombre con Dios. Al referirse a la creación del hombre, Copeland añade:

Dios y Adán eran exactamente iguales.[ii]

Ni siquiera Zeus era exacto al ser humano.

¿Tiene Dios un cuerpo?

En teología, se llama antropomorfismo a la noción de que Dios posee cuerpo. Este vocablo proviene de dos términos griegos: antropos (hombre) y morfos (forma). Existe una amplia gama de antropomorfismos que van desde la idea de que Dios tiene un cuerpo espiritual con forma humana, hasta la creencia mormona de un cuerpo material.

Todos los "maestros de la fe" se atienen a algún tipo de antropomorfismo, aunque difieran entre ellos. Por ejemplo, Hinn no endosa las perspectivas de Copeland, aunque su propio pensamiento es fuertemente antropomórfico.

¿Saben ustedes que el Espíritu Santo tiene un alma y un cuerpo aparte del cuerpo de Jesús y del Padre? … que Dios Padre es una individualidad separada del Hijo y del Espíritu Santo y que Dios es Trino y camina en un cuerpo espiritual que tiene cabello … ojos … boca … manos.[iii]

Aunque el concepto de Hinn sobre la Trinidad con cuerpos espirituales se aleja de la doctrina bíblica, quizá se encuentre progresando teológicamente a tropezones.

El peligro del antropomorfismo es que se dirige a la negación de los tres principales atributos de Dios: Todopoderoso (Omnipotente), Omnisciente e infinito (Omnipresente). Los eruditos llaman a estas cualidades atributos incomunicables, porque siendo nosotros criaturas finitas no las tenemos en común con Dios.